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El “Apolo” y el “Nápoles”, dos cafés de peso intelectual

Publicado en Historia

Figura 1. El Informador, febrero 5, 1939. Pág. 13

 

A mediados del siglo XX, el tamaño Guadalajara no era comparable con el que existe actualmente, pues ya se podía hablar de las afueras de la ciudad hacia el oeste donde actualmente se encuentra la Minerva, mientras que al norte el límite eran las “Barranquitas”; al sur la reciente Colonia del Fresno y la zona del Tecnológico; y al populoso oriente los barrios de Oblatos,  San Andrés y el parque de San Rafael delimitaban a la ciudad. Esto hacía que gran parte del comercio y de los lugares de reunión se localizaran en el primer cuadro de la ciudad. Puntos como los Portales, la Plaza de Armas o el Jardín de San Francisco eran los lugares de reunión por excelencia. Conforme la ciudad ha crecido, estos espacios de socialización se han ido multiplicando y dispersando a lo largo de la urbe, pero aún el centro de la ciudad conserva esa vitalidad de ser el punto de encuentro por excelencia.


A lo largo y ancho del centro tapatío han existido diversos tipos de lugares a donde la gente asistía (y asiste) gustosa para frecuentar a las viejas amistades, estar al día con los chismes, ir con la pareja en búsqueda del momento adecuado para declararse su apasionado amor, descansar un momento de la vida urbana con una buena plática con algún desconocido en la barra de algún restaurant o simplemente para pasar un buen momento rodeado del ambiente que ofrece la ciudad. Estos lugares han sido desde parques, plazas comerciales y publicas hasta bares, cafés y clubes nocturnos.

En el ramo de los cafés, a mediados del siglo XX existieron los cafés “Apolo” y “Nápoles”, espacios de gran relevancia para la vida artística y cultural tapatía.  El “Apolo” estaba localizado en la esquina de Juárez y Galeana (a contra esquina del Cine Variedades). Por su parte el también Restaurant y Nevería “Nápoles” se encontraba pegadito del anterior, por la calle de Juárez.

Figura 2. El Informador, octubre 27, 1948, Pág. once


Estos cafés fueron punto de encuentro por excelencia de escritores, académicos y pintores, ya que en sus mesas se llegaron a reunir de manera habitual durante la década de 1940 personajes como Juan Rulfo, Antonio Alatorre, Juan José Arreola, Adalberto Navarro Sánchez, Alí Chumacero, Arturo Rivas Sainz, Alfonso de Alba, Ramón Rubín, Alejandro Rangel Hidalgo o Rubén Mora Gálvez; y durante la década de 1950, además de algunos de los ya mencionados, se sumarían Emmanuel Carballo, Ernesto Flores, Francisco Sánchez Flores, Olivia Zúñiga, Lola Vidrio, Gabriel Flores, Guillermo Chávez Vega, entre otros más.

Estos espacios tenía un cierto renombre y una mala fama dentro de la sociedad tapatía, ya que como recuerda Emmanuel Carballo “asistían todos los días (al mediodía y por la noche) un grupo de vagos, que se decían escritores y artistas, y que ocupaban durante muchas horas una de sus mesas: gastaban poco y promovían escándalos con sus gritos y su desenfadada manera de convivir entre ellos”.

En las reuniones habituales también fue espacio para que se plantearan, desarrollaran y gestaran una serie de proyectos culturales que cobrarían una gran relevancia para la escena local a lo largo de la segunda mitad del siglo XX. Publicaciones literarias como Eos, Cuatro Puntos, Pan, Summa, Et Caetera, Ariel y Xallixtlico; textos de diversos personajes, por ejemplo “Macario” o “Nos han dado la tierra” de Juan Rulfo (posteriormente formarían parte de El Llano en Llamas), o “Carta de un zapatero que compuso mal unos zapatos” de Juan José Arreola (formarían parte del libro de cuentos Confabulario); incluso el germen de lo que más adelante sería la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Guadalajara, todas estas empresas culturales surgirían entre las discusiones, las charlas y las lecturas que se realizaban en los cafés.

Con el transcurrir de los años, los cafés “Apolo” y “Nápoles” dejarían de ser los puntos de reunión de la intelectualidad tapatía, siendo remplazados por espacios que se mantienen vigentes hasta nuestros días, como lo son el Café “Madoka”, o el “D`val” o cantinas como “La Fuente” o “Los Molachos”, pero eso es harina de otro costal.

 

 

Texto por: Joel Guzmán Anguiano
Cronópolis

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