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La Ciudad

Publicado en Enfoque Centro

 

Entro de noche a mi ciudad, -dice Cortázar -Yo bajo a mi ciudad donde me esperan o me duelen. O la variante -continúa el entrañable Julio -estar mirando mi ciudad desde la borda del navío sin mástiles que atraviesa el canal, un silencio de arañas, y un suspendido deslizarse hacia ese rumbo que no alcanzaremos porque en algún momento ya no hay barco, todo es andén y equivocados trenes, las perdidas maletas, las inúmeras vías…

 

 

Así es la ciudad, la nuestra y la de Julio: una bestia de luz que bulle, que se agita y crece, que se reconfigura con el flujo de lo cotidiano. Movimiento en el que lo íntimo se hace un espectáculo y viceversa. Caminar por la ciudad es un acto que casi siempre opera en cuando menos tres niveles: el primero es, sin duda, el real, es decir, el de las calles, los edificios, los pasajes. Pero no bien termina uno de leer la placa que indica el nombre de la vía que recorre, ingresa en el plano de lo simbólico. Ahí la ciudad adquiere otras dimensiones, puesto que evoca, significa y nos resignifica.

 

 

Finalmente, casi al mismo tiempo, la ciudad también se recorre en un ámbito imaginario, en el que la ciudad es todas las ciudades. Como quiera que sea, cada vez que uno piensa en la ciudad, siempre hay un antes y un después, una escisión, siempre es necesario mirar atrás para atreverse a imaginar el futuro. ¿Por qué? Porque a diario estamos obligados a interrogarnos acerca de qué ciudad queremos, para quién, y cómo. La ciudad es, pues, un campo de disputas en el que se erige, sin duda, la arquitectura de lo público. ¿Por qué? Porque la ciudad está, siempre, ya, en construcción.

 

Por: Igor I. González Aguirre

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